Alabama Song. Gilles Leroy

jueves, 2 de abril de 2009

Hay quienes piensan que intentar traspasar los límites que separan a la biografía de la novela siempre es un ejercicio arriesgado. La cosa se complica aun más cuando, como en el caso que nos ocupa, la historia ha hecho del personaje mito y símbolo de una época.

Esto es lo que sucede con Alabama Song, la novela ganadora del prestigioso Premio Goncourt 2007, en la que el autor francés Gilles Leroy recrea la figura de Zelda Sayre y su tormentosa existencia junto a quien fuera su esposo, el novelista americano Francis Scott Fitzgerald.

Pertenecientes a la llamada generación perdida —término acuñado por Gertrude Stein para referirse a aquellos jóvenes escritores estadounidenses nacidos durante el período de entreguerras— Zelda Sayre y Scott Fitzgerald llegaron a convertirse en una de las parejas más glamourosas de Nueva York.

Unidos por una misma ambición —conquistar la fama, hacer dinero y llegar a codearse con la crème de la crème de la sociedad de la época— en tan sólo una década, la pareja pasó de la popularidad al olvido. Arruinados, cansados de sus muchos excesos y de una vida derrochada entre disputas conyugales, fiestas escandalosas y vasos de ginebra, el dorado sueño americano acabó por volatizarse para ellos, ante la mirada indiferente de los círculos mediáticos. El crack económico del 29 coincidiría, casualmente, con el derrumbe moral y profesional de la pareja.

Alabama Song es un crudo relato escrito en primera persona en el que, Zelda —a la edad de 40 años y recluida en un hospital psiquiátrico— rememora su pasado y su malograda vida conyugal junto al escritor: desde su juventud —cuando con 18 años la hermosa sureña conoce al elegante Teniente Scott, apenas 4 años mayor que ella y con un prometedor futuro como escritor por delante— hasta sus últimos días en el psiquiátrico de Asheville, donde murió en 1948 a causa del incendio declarado en el edificio.

En el libro Leroy dibuja a Zelda como una mujer de carácter frágil pero independiente que, no obstante estar dotada de un gran talento para la escritura y la pintura, vivió tanto a nivel personal como artístico, sometida al cruel autoritarismo de su marido, celoso de su creatividad y de su temperamento vital y apasionado, tan lejos de las convenciones y el qué dirán, de que ella gustaba hacer gala en sus salidas públicas.

Como contrapartida, a través de la voz desgarrada —y desgarradora— de Zelda, Leroy desnuda sin pudor la figura de Scott Fitzgerald, lo despoja de sus elegantes trajes —cuya confección encargaba a los sastres más caros de Nueva York, aun cuando no tenía un céntimo— para describirnos a un hombre arrogante y degradado por el alcohol, cuya vida personal, según Leroy, no siempre supo estar a la altura de sus éxitos profesionales y de la imagen de refinado seductor que proyectaba a su alrededor.

Junto a la malograda pareja, por las páginas de la novela desfilan otros autores, con los que Scott y Zelda mantuvieron amistad a lo largo de su vida, como John Doss Passos, Maxwell o Hemingway —éste último camuflado en la historia bajo el nombre de Lewis.

Pero Alabama Song es, ante todo, un alegato en defensa de Zelda en el que Leroy —en palabras del propio autor— pretende reivindicar su figura y liberarla de los prejuicios que, erróneamente, han contribuido a difundir sobre ella gran parte de los historiadores y biógrafos de Scott Fitzgerald, quien —continúa afirmando Leroy— no dudó, por su parte, en adjudicarse la propiedad de algunos de los textos y artículos de su mujer, con la excusa de que a su nombre recibirían mejor acogida, así como aquellos extraídos de los diarios y la correspondencia privada de ésta, y que él aprovechó para elaborar sus novelas.

Basándose en los numerosos documentos disponibles que el autor ha podido reunir sobre la pareja, Leroy le devuelve a Zelda —bajo la forma de un extenso monólogo interior que recorre el libro de principio a fin— el don de la palabra.

Durante su reclusión en el hospital Zelda se aferra con fuerza a sus recuerdos en un intento desesperado por mantener la lucidez y recuperar, de alguna manera, el sentimiento de control sobre su vida.

Mediante la escritura, su relato, entrelazado al hilo de los episodios que van aflorando libremente a su memoria —siguiendo un orden cronológico— irá adquiriendo el carácter de un doloroso acto de expiación. Sin embargo, pese a la terrible carga emocional que acompaña a muchos de sus recuerdos, su voz, lejos de flaquear, madura y se fortalece con el dolor, consciente de que sólo afrontando con valentía los pasajes más oscuros de su memoria es posible ganarles la batalla a la locura y la desesperación.

Con un estilo punzante e irónico, que alterna pasajes de gran sensibilidad poética con otros dominados por un realismo abrupto —rozando incluso lo escatológico— Leroy consigue mantener el interés y la tensión del lector a lo largo de todo el relato, escarbando con hondura en los conflictos interiores de la mujer que fue musa e inspiradora indiscutible, tanto en la vida, como en el arte, del autor americano.

Sin embargo, por mucho que la novela resulta excelente, tanto en su construcción como en el perfil que traza de los personajes, tras su lectura es inevitable preguntarse –como sucede siempre que nos encontramos ante una obra que trata de conjugar elementos biográficos e imaginarios— ¿qué hay de verdad y qué de leyenda tras el halo de popularidad y la abundante, y en ocasiones contradictoria, documentación que la pareja dejó a su paso, y en la que Leroy se basó para construir su novela?

De hecho, tras su publicación, no faltaron las voces de protesta de aquellos que consideraban que Leroy traza en su libro una imagen excesivamente crítica de Scott Fitzgerald; o las de quienes opinan que quizás vaya demasiado lejos en algunos de sus supuestos, como por ejemplo la narración que hace del momento en que Lewis, alter ego de Hemingway —sobre cuya condición homosexual se ha llegado a rumorear en ocasiones— es sorprendido por Zelda, en la habitación de un hotel, en una situación comprometida junto a su marido.

En 1940, arruinado y alcoholizado moría Scott Fitzgerald en Hollywood. Zelda lo seguiría ocho años más tarde. La salamandra —la altanera bailarina gitana de aquella novela que tanto gustaba a su madre y por la que ésta le pondría de nombre Zelda— no consiguió escapar de las llamas que cercaron el hospital.

El epitafio que preside la tumba conjunta de la pareja, extraído de un párrafo final de la que fuera la obra más emblemática de Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, recuerda su vida en común:

Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.

1 comentario:

Fernando dijo...

Tópico, pero cierto: hermosos y malditos...