Domingos de agosto. Patrick Modiano

lunes, 26 de diciembre de 2016

Vivir es obstinarse en consumar un recuerdo. René Char

Esta cita, a la que Patrick Modiano alude en su relato autobiográfico, Pedigrí, sintetiza el anhelo que impulsa gran parte de su obra.

Por un lado, sus novelas más personales y comprometidas, en las que el autor busca romper el tabú existente entorno a un capítulo clave de la historia reciente de su país: la ocupación de Paris —su ciudad natal— y, más concretamente, el colaboracionismo de parte de la sociedad francesa con el invasor alemán; una época que lo perturba profundamente y que tendrá un peso definitivo, casi obsesivo, en toda su obra.

Y por otro, el resto de sus novelas, aquellas en las que el autor se aleja de la autoficción y se desplaza hacia un mundo narrativo mas abierto e imaginativo, pero siempre teñido por la nostalgia, la búsqueda de la propia identidad y la necesidad de reconstruir la memoria del pasado.

Patrick Modiano es un artista de las palabras pero también de los silencios, de lo innombrable, de lo que sacude la conciencia y algunos prefieren eludir y abocar al olvido.

Un autor valiente que no teme sumergirse todas las veces que sean necesarias en la neblina de una época confusa a la que siente pertenecer pero que —según él mismo explica— es como un pez resbaladizo, que parece escapársele de las manos con cada nuevo libro que escribe.

Con más de 40 títulos publicados, el autor francés ha obtenido diversos reconocimientos a lo largo de su carrera: el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa (1972), el Premio Goncourt (1978) y el Premio Nobel de Literatura (2014), entre otros.

En Domingos de agosto, escrita en 1986, Modiano nos seduce una vez más con una atractiva trama de amor difuminada en un halo de misterio. 

La historia arranca en las calles de Niza, donde el encuentro casual entre Jean y un antiguo conocido —Villecourt— que trabaja como vendedor ambulante de abrigos de piel, les trae a la memoria un pasado en común y el recuerdo de una mujer, Sylvia, con quien ambos mantuvieron una estrecha relación.

Este será el detonante que pondrá en marcha el relato amargo y doloroso de Jean acerca de su pasión por Sylvia y de la posterior huida de ambos a Niza. Nada más sabremos por el momento de ellos ni del motivo de su huida, excepto que se conocieron en Paris, siendo él fotógrafo, y que ella lleva consigo un valioso brillante llamado La cruz del Sur, una reliquia que se remonta al siglo XVIII.

Jean continúa narrando la estancia de ambos en Niza, donde los días transcurren para la pareja como en sordina, intentando pasar desapercibida entre el trasiego diario de la vida urbana y al amparo de cafés iluminados débilmente al anochecer.

Es invierno, la lluvia cae incesante sobre la ciudad, produciendo una atmósfera de melancolía e irrealidad que impregna los paseos y terrazas. Hombres y mujeres sentados como ellos en los cafés, en las mesas próximas, observan en silencio las figuras que desfilan por los bulevares. Todos comparten una misma expresión de desarraigo. Son, en su mayoría, refugiados procedentes de orígenes diversos, individuos varados en una ciudad fantasmal y decadente. 

Jean y Sylvia sueñan con el momento propicio en que tenga lugar el acontecimiento que les permita poner fin a su estancia allí y empezar de cero en un lugar desconocido.

Como ya es habitual en sus novelas, Modiano construye la imagen de lo narrado a modo de barrido cinematográfico, en el que tan importante es la composición de los diferentes planos, como su encadenamiento. La mirada va transitando de una escena a otra, deteniéndose en revelar las expresiones de los personajes, sus reacciones, sus gestos, el movimiento que marca un cambio de tempo, los contrastes que produce el paso de la luz a la oscuridad.

Un día Jean y Sylvia conocen a los Neal, una atractiva pareja de orígenes aristocráticos con quienes entablan amistad. Los Neal, que dicen residir en una antigua villa propiedad de la Embajada de los Estados Unidos y que parecen tener una fortuna considerable, se muestran interesados en adquirir La Cruz del Sur.

La relación con los Neal provoca un vuelco en la historia, disparando la acción e infundiendo al relato un nuevo ritmo. A la luz del giro que adquieren los acontecimientos, todas las piezas del enigma comienzan a encajar y a cobrar sentido para el lector.

Ante el malestar que desata la conciencia del pasado, Jean vuelve en su narración al momento presente. El paisaje urbano refleja los cambios acaecidos sobre los barrios y edificios emblemáticos de la ciudad, produciendo un efecto cercano a lo onírico: el casino, el antiguo Hotel Majestic, fachadas destartaladas, antiguas salas de cine con terciopelos rojos. Imágenes del paso del tiempo y del sentimiento de soledad y de derrumbe personal que abate al protagonista.

Toda la novela es un intento por apresar un tiempo del que ya no quedan más vestigios que el recuerdo de una pérdida. Un relato pesimista, que gira entorno a la necesidad de construir la propia existencia en base a los recuerdos y de encontrar un sentido a la vida; la vida no tiene ningún sentido, más allá de las mentiras que nosotros mismos nos contamos para ser felices, parece decirnos el protagonista.

En esta novela están presentes muchos de los temas habituales en la narrativa de Modiano.

Historias que arrancan a partir de personajes que persiguen obsesivamente un recuerdo, acorralados por algo que ignoramos; que buscan las huellas de alguien, que se acechan mutuamente en un juego de pistas detectivesco.

La recreación de atmósferas que van atrapando gradualmente al lector de manera hipnótica. La sensación de fugacidad. El trasfondo urbano —angostas habitaciones de hotel con olor a moho, los cines de barrio, los bulevares débilmente iluminados, los cafés. El deambular furtivamente por los rincones de la ciudad, como reflejo del desasosiego interior que consume a los protagonistas.

Y dando forma a todo ello, el estilo elegante, conciso, que oculta a la vez que revela, atento a cada detalle significativo capaz de aportar información.

Domingos de agosto es una obra inteligente, sólida, muy bien articulada, en la que todas las piezas están ensambladas de forma precisa, consiguiendo la armonía final. 

Una lectura de altura, pese a su brevedad, que sin duda recomiendo a quienes se inicien en el universo imaginario de Patrick Modiano pero que, así mismo, colmará las expectativas de sus lectores ya habituales que no la hayan leído aún.

3 comentarios:

Letraherido dijo...

No he leído a Modiano, pero con tantas reseñas positivas tendré que hacerle un hueco. Si esta obra es breve aún me llama más.
Un abrazo.

Letraherido dijo...

Perdona el doblecomentario, pero aunque parezca que no haga caso de los blogs ajenos pese a que diga "a ver si le hago hueco a esta obra/a este autor", a veces resulta de que se produce el milagro: he iniciado la lectura de Perquè no et perdis pel barri, de Modiano. La edición catalana de la editorial Proa.
Un abrazo.

Anouka dijo...

Hola, Letraherido. Es un placer poder hablar en nuestros blogs acerca de los libros leídos; de hecho, es de lo que se trata, así que te agradezco doblemente tu participación. Estaré encantada de que me hagas saber tus impresiones acerca de Modiano.

Un saludo.