Beato. El misterio de los siete sellos

lunes, 26 de septiembre de 2016

Hace unos días tuve noticia de una iniciativa que ha puesto en marcha la Biblioteca Nacional de España (BNE): la exposición "Beato. El misterio de los siete sellos", en la que han participado alumnos y profesores de la Escuela Superior de Diseño de Madrid.

La exposición consiste en un recorrido lúdico en el que el visitante habrá de ir desvelando, gradualmente, los mensajes que encierra el Beato de Fernando I y doña Sancha —manuscrito datado en el año 1047 que, como el resto de textos del mismo género, contiene el Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana—, a través del simbolismo presente en sus imágenes y textos.

Para ello el itinerario se divide en siete etapas, una para cada sello, en las que se representan diferentes ideas presentes en el imaginario de la sociedad medieval, pero también en el del mundo moderno: mapa, imagen, utopía, memoria, escritura, miedo y silencio.

Lo interesante de esta iniciativa es que contribuye a poner de relieve de qué manera un manuscrito dirigido al lector del siglo XI puede servir de alegoría del mundo contemporáneo. Empleando la acertada metáfora de Wordsworth, leer con el ojo de la mente permite deconstruir el texto y amplificar su significado más allá del marco temporal.

Para hacer posible este acercamiento a través de la memoria de los siglos, la BNE ha recurrido a diferentes soportes gráficos, carteles, fotolibros, estampas, e incluso un curioso videojuego en su canal de Youtube y que enlazo a continuación:




Para quienes no puedan esperar a descubrir por sí mismos la dimensión de nuestra realidad actual, oculta tras el misterio del séptimo sello, pueden leer lo que nos desvela el catálogo de la exposición:

El séptimo sello, abierto en la nube, transforma la realidad en un inmenso big data, información cuyo código solo unos pocos conocen y donde lo sensible ha desaparecido para dar paso al silencio.

Los políglotas. William Gerhardie

sábado, 24 de septiembre de 2016

William Gerhardie es un escritor a la altura de los grandes. Con una breve pero interesante carrera literaria a sus espaldas, resulta lamentable la poca fortuna que su obra tuvo en su momento frente a críticos y editores. Un lastre incluso para cualquier buen escritor.

Nacido en Rusia en 1895 en el seno de una familia de origen inglés, Gerhardie, poeta y soldado, vivió muy de cerca la Revolución de Octubre, al ser enviado a la Embajada británica de Petrogrado en calidad de agregado militar. Conflicto que obligó a la familia a regresar a Inglaterra.

En la Universidad de Oxford William Gerhardie, siguiendo su inclinación por las letras, se formó en Filología Inglesa y dio forma a su vocación literaria que, pese a su éxito inicial, acabaría por extinguirse en los medios literarios sin pena ni gloria, lo que le indujo finalmente a abandonar la escritura. Hasta que hace unas décadas su obra vivió un nuevo impulso de la mano de autores de la talla de William Boyd —principalmente— si bien otros escritores contemporáneos a Gerhardie, ya habían elogiado la genialidad de su escritura.

En Los Políglotas Gerhardie ficciona aquellos años, obviando el análisis de los hechos históricos que enmarcaron el desarrollo de los conflictos bélicos, para recrear el periplo existencial de un nutrido y peculiar elenco de personajes —integrado por los parientes y conocidos de una pintoresca familia belga emigrada al Lejano Oriente—, representantes de los grandes movimientos migratorios que tuvieron lugar en todo el mundo, cuando familias enteras fueron condenadas a un exilio incierto.

El resultado es una novela tan sugerente como heterogénea en la que, a modo de tragedia bufa, pensamientos sombríos y reflexiones metafísicas cargadas de un pesimismo radical se alternan con escenas de una comicidad hilarante: de las miserias y penalidades de los personajes, Gerhardie hace virtud.

Lejos de incitar la compasión del lector, sus historias provocan simpatía y no pocas carcajadas. La misma simpatía que el autor comparte por sus personajes, a los que denomina como lunáticos buenos... a la deriva en un mar de chifladura, por contraposición a aquellos individuos aparentemente cuerdos —léase caudillos y combatientes— pero con una capacidad de destrucción mucho mayor, a quienes no duda en calificar de asesinos al por mayor.

A lo largo de todo el libro Gerhardie dialoga continuamente con el lector, destinatario último de sus abundantes disquisiciones. En ellas el joven Capitán Alexander Diabologh —primo de la familia, a la que visita durante el transcurso de una misión militar en Japón— se pregunta, en su papel de narrador, sobre el propósito último de la vida, sobre la irracionalidad que gobierna a menudo nuestras motivaciones, sobre la inconsistencia de nuestras certezas y opiniones más arraigadas. Arremete así, con amarga ironía, contra la violencia y los valores heroicos de la guerra —que elogian la muerte del enemigo y construyen a la vez monumentos a los caídos—, contra los políticos, contra los falsos ideales que ponen en pie revoluciones, contra el abuso de poder, contra los excesos de la burocracia, contra la muerte. En ocasiones, sus palabras traslucen un sentimiento trágico sobre la vida que excede su ámbito más personal para abarcar al ser humano y al mundo en su totalidad.

Tampoco olvida Gerhardie en su libro a los críticos literarios, a quienes se dirige en diversas ocasiones:

... A los reseñistas equivocados que condenaron mi libro anterior, y que condenarán este, yo los condeno de antemano. Mi último libro fue una macédoine de vegetales. Los críticos —perros grandes, perros pequeños, sabuesos y pekineses— se acercaron a olisquear aquel olor vegetal poco familiar y se alejaron, moviendo la cola en señal de confusión. Pero este tendrá más sustancia carnosa.

Es este, en fin, un libro que me ha hecho disfrutar muchísimo y que recomiendo como primer acercamiento a la escritura de este interesante —e injustamente olvidado— autor.

El arca de agua. E. L. Doctorow

lunes, 29 de agosto de 2016

Buscaba una lectura que me sorprendiera de alguna manera, de un autor de quien no hubiera leído nada anteriormente y, a la vez, que me hiciera pasar un buen rato. Así es como llegué a encontrarme con este libro. Después de leerlo, creo que la intuición no me engañó a la hora de decidirme por él.

En esencia, la historia es la siguiente: Martin Pemberton, periodista en la ciudad de Nueva York en las últimas décadas del siglo XIX, ve pasar un carruaje con pasajeros vestidos de negro, entre los que cree reconocer a su padre, Augustus Pemberton, magnate de la ciudad, recientemente fallecido. Tras la desaparición del joven, el editor del periódico para el que escribe, el señor McIlvaine, decide emprender su búsqueda y descubrir el misterio que se esconde tras su ausencia.

La originalidad que encierra para mí esta novela es que, partiendo de la tradición de las grandes novelas decimonónicas, Doctorow se convierte, por mediación del protagonista que da voz a la narración, en cronista y testimonio directo del Nueva York de finales del siglo XIX para contarnos una historia mixta, a medio camino entre la ficción histórica, la literatura gótica al más puro estilo y la novela postmoderna. 

Misterio, sensualidad, profanaciones a media noche, revelaciones desconcertantes, sirven de base para la crítica social, poniendo al descubierto los claroscuros de la sociedad americana, pero también para la reflexión acerca de temas universales como son el poder, la condición humana, la conciencia moral, el uso y los límites éticos de la ciencia y la tecnología, la ambición, el paso del tiempo, el futuro...Y lo hace sutilmente, sin estridencias y sin recurrir a la confrontación explícita, pero transformando un género de lectura de entretenimiento en algo mucho más ambicioso.

Doctorow arremete contra los valores constitutivos de la sociedad americana y su fe ilimitada en la perfectibilidad del ser humano que dio origen del llamado sueño americano. Frente a la imagen de ciudad cosmopolita y emprendedora, donde los avances tecnológicos y científicos prometen la mayor felicidad para todos, Nueva York adquiere, a medida que avanza la historia, tintes siniestros.

La novela nos descubre el lado oscuro que se esconde tras la pátina de la modernidad, el progreso y la riqueza, para mostrarnos una sociedad degradada, la perversidad que se oculta detrás de algunas formas de poder especialmente aquel que busca perpetuarse a sí mismo a toda costa, más allá de toda consideración moral y cómo tras el brillo de la opulencia se esconde su contrario en el inframundo de lo humano: veteranos tullidos de la Guerra de Secesión pidiendo limosna, bandadas de niños callejeros abandonados a su suerte buscan la manera de subsistir y recurren para ello a la venta ambulante, otros son recluidos en lúgubres asilos para huérfanos, bandas armadas de asesinos que prenden fuego a las instituciones sociales surgidas a raíz del abolicionismo, políticos corruptos, jueces y policías comprados, financieros de la Bolsa ladrones...

Para no desvelar más acerca de la historia, comentaré solo que, a medida que se van esclareciendo los hechos, la novela pasa de ser en cierta manera un fresco del Nueva York de aquella época para convertirse en una inquietante profecía sobre la conciencia humana y el futuro mismo de la humanidad como tal.

A destacar, por último, la sutileza y la penetración psicológica que despliega el autor a la hora de describir a los diferentes protagonistas que nos remite en ocasiones a los personajes jamesianos—, lo cual constituye un ingrediente más de cara a recomendar su lectura.

Henry James y la creación artística

lunes, 18 de abril de 2016

Leer a Henry James siempre resulta sugerente. Pero si tuviera que elegir de entre sus textos a cuáles acudir a la hora de buscar inspiración,  me quedaría con dos de sus novelas cortas: La lección del maestro y La figura en la alfombra.

Ambas historias parecen haber sido escritas con una misma intención: servir de excusa para reflexionar largamente acerca de algunos de los temas que más importaban a su autor y sobre los que gravita gran parte de su obra: el misterio de la creación artística  literaria y la manera en que arte y vida discurren y confluyen en una misma y única realidad.

En La lección del maestro Henry James nos plantea, por boca de un autor en la cima de la maestría, si es posible compaginar la existencia del artista con todo aquello que da forma a la vida cotidiana: la familia, las preocupaciones diarias, la incertidumbre, la decepción... O si por el contrario, la ambición artística es incompatible con las pasiones y las aspiraciones prácticas.

Lo paradójico del caso es que quien lo dice es un hombre felizmente casado, que parece no haber seguido su propio precepto, pues él mismo ha antepuesto la vida al arte y pese a ello, resulta ser un autor prominente.

El joven escritor que lo escucha, esperando que el maestro le revele el origen de la inspiración, la magia del proceso creativo, está estupefacto, no consigue encajar la discrepancia entre lo que su autor representa para él y para su público y la confesión que el maestro le acaba de hacer.

Sin embargo, es importante destacar únicamente para no desvelar la magia del relato que el maestro no se encuentra en su mejor momento creativo, lo cual es algo que acepta con total resignación; la misma aceptación que continúa no obstante produciendo entre la crítica y sus lectores cada título nuevo suyo que ve la luz.

Como en la mayoría de los relatos jamesianos, la historia se complicará aun más dando forma al misterio, la paradoja por desvelar. Henry James nos lanza burlonamente la cuestión que tanto le interesa a modo de reto intelectual, pero es siempre el lector quien tiene la responsabilidad de desentrañar la clave, la solución que permita correr el velo y ver más allá de las apariencias, de lo evidente.

Henry James no solo es un escritor con una capacidad analítica y descriptiva envidiables para indagar en la realidad y en los mecanismos de la psique humana de la que dan buena muestra los personajes de sus novelas y cuentos. Aparte de sus obras de ficción, dedicó gran parte de su carrera a profundizar en aspectos teóricos y críticos: la defensa del género novelístico, considerada por aquella época algo menor frente a la hegemonía que ocupaban el teatro y la poesía; su rechazo ante la masificación cultural incipiente de finales del siglo XIX; y la labor crítica que ejerció a través de tratados y reseñas literarias, intentando refinar la sensibilidad artística de sus lectores y de los críticos literarios de la época, a los que acusaba de ser demasiado conformistas y de tener poca imaginación.

Todo ello está muy presente en sus libros y de manera explícita en estos dos relatos que nos dan la medida de su exigencia artística y rigor crítico frente a lo que cabe esperar como lectores y críticos de toda obra literaria.

Esto enlaza con el segundo relato, La figura en la alfombra. Las similitudes entre ambas historias son evidentes, aunque, en mi opinión, en La lección del maestro el planteamiento del enigma es más sutil, mientras que en La figura en la alfombra su elaboración es más directa y repetitiva, ensombreciendo en parte la agudeza de sus percepciones.

De nuevo nos encontramos con el autor consagrado que se decide a compartir con el joven acólito parte de su secreto pero solo parte, esa será la cuestión sobre la idea esencial que sirve de inspiración y fundamento de toda su obra, algo sencillo y grande al mismo tiempo y que hasta el momento, ningún crítico literario ha conseguido detectar.

Al igual que en el texto anterior, la intriga está servida, el misterio que se oculta tras las pistas aparentes, que seguimos como lectores con la misma avidez con que lo hacen los protagonistas del relato, solo parecen servir para frustrarnos aún más y aumentar nuestra inquietud.

El hecho de que la explicación de este secreto desemboque en algo innombrable, cuya esencia permanece oculta a ojos de los críticos más avezados y que sea imposible de transmitir cuando finalmente uno de los protagonistas parece haber desentrañado el juego, nos recuerda que el hecho literario, y más concretamente toda creación artística, es en esencia algo mágico e inasible, imposible de definir categóricamente, que nace con una vocación de experiencia compartida, pero que, no obstante, tiene su origen y su razón de ser en el bagaje personal y subjetivo del creador. Como tal, su naturaleza solo puede ser comprendida y asimilada a partir de la experiencia subjetiva e íntima de cada lector.

Editores de texto inteligentes

domingo, 3 de abril de 2016

Cada vez somos más los que por unas causas u otras nos dedicamos habitualmente a escribir o a compartir nuestras reflexiones e intereses a través de las redes sociales. 

Es por ello que, paralelamente a este boom  por la escritura compartida, parece multiplicarse últimamente en el mercado la oferta de herramientas cada vez más potentes y minimalistas, destinadas a conseguir los mejores resultados en la edición de textos y a la vez a evitar distracciones y preocupaciones externas al mero hecho de escribir.

Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, el éxito comercial de estos editores de texto depende más de una buena campaña de marketing, centrada en especular con un sinfín de utilidades y en mitificar la figura del escritor-bloguero, que de la utilidad práctica y real de estas herramientas a la hora de ponerse a escribir.

¿Qué no le puedes pedir a tu editor de textos inteligente, a pesar de que las páginas de los desarrolladores insistan en hacernos creer que con ellos todo es posible?

. Tu editor de textos no te convertirá en un escritor profesional, no hará que tengas ideas más brillantes ni potenciará tu creatividad, tu talento o tus habilidades comunicativas.

. No conseguirá que tengas más clics en tu blog ni que tus ideas se compartan por la red de manera exponencial.

. No hará que el tiempo que le dedicas a escribir se multiplique y sea sustancialmente mayor.

. Si has escrito un libro, has decidido publicarlo y has optado por la autoedición, no te servirá por sí solo a la hora de elaborar el producto final.

. No es una herramienta única y definitiva: en el mercado compiten numerosos editores que pese a prometer mucho, son muy similares en cuanto al abanico de posibilidades que incluyen.

Entonces, ¿Qué utilidades ofrecen realmente?

En mi opinión, hay algunas ventajas que los hacen aconsejables frente a los editores más tradicionales, si realmente escribes a menudo:

. Un práctico método de organización. En la mayoría de estos editores existe la posibilidad de contar con una única biblioteca donde guardar y estructurar todos tus textos o ideas por grupos y subgrupos, que permite un diseño flexible y adaptado a las necesidades particulares.

Por ejemplo, puedes estructurar el proceso de escritura de tu novela a partir de diferentes grupos de información: capítulos, personajes, escenas, tramas, versiones alternativas, etc. O si eres autor de un blog, hacerlo a partir de las entradas por fechas, temas, popularidad u otro tipo de intereses.

Otra herramienta muy útil son los filtros, a partir de los que se puede analizar un determinado grupo de textos y mostrar una lista de aquellos que cumplan los criterios especificados, por ejemplo, una palabra clave.

. Botones de edición de acceso rápido, que permiten alternar estilos, introducir notas, adjuntos y comentarios incluso podemos decidir que no aparezcan en el texto definitivo, si así lo indicamos, programar qué extensión máxima y mínima queremos que tenga nuestro texto, entre otras opciones, de manera rápida e intuitiva.

. Algunos ofrecen también la posibilidad de exportar tus textos en diferentes formatos texto normal, HTML, ePub, PDF, o Docxy configurarlos con diferentes estilos de exportación a partir de un conjunto predefinido de normas de conversión.

Personalmente, el que yo utilizo es Ulysses que además de la feliz coincidencia de compartir nombre con uno de mis gatos— me parece uno de los más completos e intuitivos, y como digo, lo considero una herramienta muy recomendable en caso de que escribas a menudo.

Libro electrónico: mismos lectores, posibilidades inexploradas

domingo, 27 de marzo de 2016

Aunque hace ya casi una década que el libro electrónico empezó a ser conocido y manejado en nuestro país, aun hoy es bastante habitual escuchar entre lectores con gustos y hábitos de lectura muy diferentes el rechazo que provoca oír siquiera la posibilidad de leer en formato electrónico.

Si bien en un principio muchos vivieron el formato digital como una amenaza inminente que transformaría de manera radical el mercado editorial, lo cierto es que, pese al proceso de cambio innegable en el que nos encontramos, la repercusión del ebook sobre la edición impresa no ha sido tanta o, al menos, no tan contundente.

A principios de año supimos que, paradójicamente, Amazon con un modelo propio de venta y autopublicación de libros electrónicos, pionero a nivel internacional—  anunciaba la inauguración de una librería física en la ciudad universitaria de Seattle.

Los sondeos realizados en España por el Ministerio de Educación, cultura y deporte, a través del Observatorio de la Lectura y el libro a editoriales españolas presentes en Liber 2015 coinciden en señalar que el libro digital aun tiene un impacto limitado en sus ventas. Y otro dato: para 8 de cada 10 editoriales, el ebook representa menos del 10% de su facturación. Aunque todas coinciden en admitir que el libro electrónico tendrá un papel creciente en los próximos años, cerca del 14% de las editoriales encuestadas señala que no tiene previsto publicar libros en este formato, al menos a corto plazo.

Si miramos las estadísticas en cuanto al préstamo de libros electrónicos en bibliotecas públicas a través de la plataforma eBiblio, el hecho es que el formato digital supone únicamente un 1% respecto al préstamo presencial.

En mi caso particular, la lectura ocupa una parte importante de mi vida, independientemente del formato en que se me presente. Por eso, ante las nuevas posibilidades que ofrece el libro digital y los portales que lo distribuyen, solo tengo palabras de bienvenida.

Iniciativas públicas, como la mencionada eBiblio que permite el acceso gratuito a casi 3000 libros a través de múltiples dispositivos: tabletas, teléfonos inteligentes, ordenadores personales o lectores de libros electrónicos o privadas, como por ejemplo el portal 24 symbols, que ofrece lectura ilimitada a un catálogo amplio, actual y de calidad por menos de 10€ al mes, me parecen un avance muy importante, inimaginable para cualquier aficionado a la lectura hace solo unos pocos años.

Y si nos remitimos a las facilidades respecto a la experiencia de lectura, estas también me parecen obvias y con mucho camino por delante por explorar: las posibilidades que ofrece el uso del hipertexto pueden enriquecer la práctica de la lectura de maneras ilimitadas; la inclusión de diccionarios y traductores, la opción de ampliar nuestro conocimiento o comprensión de lo que estamos leyendo mediante la búsqueda directa en otras fuentes externas internet, subrayados, notas, opciones de legibilidad del texto... ¿Se puede pedir más?

El baile. Irène Némirovsky

martes, 22 de marzo de 2016

El nombre de la autora Irène Némirovski empezó a sonar en el panorama editorial español tras la publicación en el 2004 de su obra póstuma Suite francesa que, escrita a modo de crónica de los hechos, tiene por escenario la ocupación de París por Hitler en 1940 y el éxodo masivo de la población. La novela, cuyo manuscrito había sido descubierto entre los objetos que la autora legó a sus hijas antes de morir, se convirtió en todo un éxito de ventas.


Poco a poco, a raíz del impacto que provocó la publicación de Suite Francesa, pudimos ir accediendo al resto de su extensa obra novelística: El vino de la soledad, El malentendidoEl ardor de la sangreEl maestro de almas, o la que nos ocupa, El baile, todas ellas publicadas en castellano, principalmente, por la editorial Salamandra.

Podemos decir, pues, que Némirovsky pasó repentinamente de ser una escritora totalmente ignorada en nuestro pais, a convertirse en una autora con una obra conocida y un espacio propio en el mercado editorial.

De origen ruso y ascendencia judía, Irène Némirovsky (1903 - 1942) vivió gran parte de su vida exiliada en Francia junto a su familia, huyendo de la revolución rusa.

Se licenció en Letras en la Sorbona. En 1929 escribiría su primera novela, David Golder. A partir de ahí, su  éxito fue imparable, convirtiéndose en una de las autoras literarias más reconocidas en Francia. Sin embargo, tras la ocupación nazi, fue deportada al campo de Auschwitz en 1942, donde murió poco tiempo después.

Particularmente, la lectura de El baile, me produjo en su día auténtica fascinación y ganas de saber y leer más sobre la autora.

El relato tiene lugar, principalmente, en el espacio doméstico de los Kampf en la ciudad de París y gira entorno al fastuoso baile que decide organizar la pareja  —enriquecidos repentinamente gracias a un golpe de suerte—, con vistas a conseguir introducirse en sociedad y obtener así el reconocimiento social que tanto desean

Por otro lado, Antoinette, su hija de 14 años, sueña con alcanzar la felicidad a través del amor, aunque su madre no le permite encontrar la manera de conseguirlo, pues permanece la mayor parte del tiempo recluida en casa, ya que la joven le resulta un obstáculo en sus esfuerzos por codearse con personas influyentes. Hay además una pequeña subtrama: el amor entre la institutriz de Antoinette y un joven que se hace pasar por su primo.

La obra está muy bien trabada, pese a su sencillez aparente. Se trata de una historia transversal, que se va ensamblando en base a los diferentes episodios en los que cada uno de los protagonistas, a su manera, y soslayando la figura omnipresente de la autoritaria señora Kampf, intenta forjarse una identidad y conseguir su ideal de felicidad en la vida.

Como ya he dicho, casi todas las escenas tienen lugar en el interior del hogar de los Kampf, con su realidad más prosaica, sus miserias personales y conflictos familiares no resueltos.  Pero la señora Kampf no está dispuesta a asumir tanta mediocridad. En su pequeño mundo se siente aislada, desconectada de ese entorno exterior ideal de la alta sociedad, al que cree pertenecer por derecho propio.

El proyecto del baile avanza así haciendo equilibrios, la tensión in crescendo recorre toda la obra como un fogonazo de principio a fin. Y algo tan intrascendente, en un principio, como la organización de un baile, se convierte en el detonante que hará añicos la aparente estabilidad familiar —familia que, por otro lado, muchos identifican con la de la propia autora— y los valores tradicionales de la sociedad francesa de la época: los prejuicios sociales, religiosos, las convenciones sociales, la necesidad de aparentar, de medrar en sociedad, la intolerancia, la ambición, el dinero, la maternidad, el paso del tiempo, la búsqueda de la felicidad...

A destacar la concisión narrativa de que hace uso la autora. La combinación de la forma en que se va perfilando el relato por medio de rápidas y significativas pinceladas —pero de manera directa y contundente—, y esa sensación de precario equilibrio que lo sostiene, hace que el lector intuya que, pese a la normalidad aparente, algo está a punto de suceder. Y es que todo cuenta, no hay nada que se nos muestre al azar, todo lo que sucede tiene un significado preciso. Todo parece esperar en un impasse hasta que finalmente contribuya al desenlace final.

Con esta novela Irène Némirovsky parece estarnos diciendo que todos somos responsables de las personas que somos y del mundo en que vivimos. Nuestras acciones, nuestros valores, contribuyen a crear nuestro mundo y el de los demás. No podemos vivir en la separación, estamos conectados y somos parte del otro, nuestras acciones repercuten en el otro. No podemos vivir de espaldas a nuestras emociones, porque, como decía Jung, la negación no libera, oprime.