El corazón es un cazador solitario. Carson McCullers

sábado, 29 de julio de 2017

El reclamo publicitario, por parte de las editoriales, de recuperar la producción literaria de escritores consagrados con motivo de una determinada efeméride relacionada con su nacimiento, muerte, o logro artístico, tiene la virtud adicional para los lectores de ir frecuentemente acompañado de la publicación de estudios, ediciones conmemorativas, reediciones de libros difíciles de conseguir o completas recopilaciones de sus obras.

Es el caso que ha tenido lugar este año, en que Seix Barral celebra el centenario del nacimiento de la escritora norteamericana Carson McCullers y los cincuenta años de su muerte reeditando por separado algunos de sus libros más emblemáticos, así como el volumen titulado El aliento del cielo, que reúne la mayoría de sus relatos y novelas cortas y que constituye por sí solo una joya impagable para poder conocer la obra de una de las mejores escritoras de ficción del siglo XX.

"El corazón es un cazador solitario" fue su primera novela publicada con tan solo 23 años de edad, convirtiendose rápidamente en todo un éxito de ventas y provocando un torrente de elogios sobre la capacidad narrativa de la jovencísima escritora. 

El estigma de la precocidad la acompañaría, no obstante, para bien y para mal a lo largo de toda su carrera literaria. Inmortalizada en sus años de juventud a través de las fotos que presiden la mayoría de las contraportadas de sus libros, algunos críticos pensaron que sus historias, no acababan de ser literatura para adultos. 

Nada más lejos de la verdad. Pese al carácter exploratorio e iniciático, que tiñe el conjunto de su obra y a la abundancia en sus relatos de seres jóvenes o desvalidos que buscan su anclaje en el mundo, en sus libros no hay lugar para la ingenuidad. Su visión, sumamente realista incluso nihilista en cierto sentido, respecto a las duras condiciones que rigen la vida de la mayoría de sus protagonistas y a su capacidad última de elección, se aleja de todo cuanto pueda significar que es posible vencer la adversidad recurriendo solo a nuestra voluntad o que el propósito último de la vida sea la felicidad del ser humano.

Pese al carácter intencionadamente histriónico y perturbador que preside la mayoría de sus relatos, Carson McCullers tuvo siempre presente en su memoria la realidad que le era más próxima, el sur de los Estados Unidos donde nació, aunque gran parte de su vida adulta transcurriera en Nueva York. 

Este es, nuevamente, el escenario en el que sitúa su obra "El corazón es un cazador solitario", en la que McCullers reconstruye el día a día de los habitantes de una pequeña comunidad rural del sur de los Estados Unidos.

La novela recoge en primer lugar la amistad entre John Singer y Spiros Antonapoulous, ambos sordomudos que, después de haber vivido juntos durante varios años, se ven obligados a separarse como consecuencia de la enfermedad mental que aqueja a Antonopoulous y que le provoca ataques repentinos de violencia.

La narración de la vida de Singer a partir del momento en que debe continuar solo, se entrecruza con la de otros personajes que, de una manera u otra, entrarán a formar parte de su círculo de relaciones: Mick Kelly, una joven obligada por las circunstancias a cuidar de sus hermanos cada día y que, a través de su amor por la música, intenta elevarse por encima de sus conflictos adolescentes; Jake Blount, un alcohólico que sueña con un mundo donde la instauración del comunismo acabará con la miseria humana y la injusticia; Biff Brannon, dueño del comedor del pueblo; y el Dr. Benedict Mady Copeland, un médico de color comprometido en acabar con la discriminación racial hacia los suyos.

En los relatos de McCullers abundan los personajes marginales, algunos marcados desde su nacimiento por una anomalía física, otros, presas de una pulsión interior que los lleva de manera irremediable a ser excluidos de su entorno y a replegarse en su propio mundo interior. Sin embargo, pese al extrañamiento que algunos de estos peculiares personajes nos producen en un principio, finalmente, sentimos que estamos hechos de la misma materia sensible y que la distancia que nos separa de ellos no es tanta.

La soledad, la marginalidad y el desamparo afectan también de una manera u otra a todos los protagonistas de esta novela. Pese al dolor y la frustración, todos ellos persiguen un sueño, un proyecto vital al que aferrarse y que de sentido a sus vidas. 

El mudo Singer es una figura clave en el universo narrativo de McCullers, por cuanto representa de manera magistral la incomunicación y la pérdida de referentes de quien se siente diferente frente a los pretendidos parámetros de uniformidad de nuestra sociedad. Es por ello que se convierte en el espejo de soledades encadenadas e incomunicación al que acuden a mirarse el resto de personajes. Con su carácter afable y su capacidad ilimitada de escucha consigue restituir instintivamente la paz interior de cuantos acuden a él a contarle sus conflictos; la necesidad rabiosa de compañía, de encontrar con quién compartir su dolor, les hace insensibles, sin embargo, al drama interior que vive aquél, la insoportable sensación de soledad que le provoca tener que vivir alejado de su amigo.

Por otro lado, en la sencillez de la prosa de McCullers se revelan sus mayores talentos narrativos: la capacidad de trascender lo aparente, de convertir lo trivial y cotidiano en excepcional, de expandir nuestra sensibilidad y de ahondar de una manera nueva y diferente en la condición humana, en la que también lo extraordinario y diferente, incluso lo deforme y grotesco tienen cabida.

Las historias de McCullers nos arrastran, no queremos dejar de leer. Su ternura nos conmueve; los protagonistas, imbuidos de una fuerza natural enigmática que da forma a cada una de las historias en las que se desenvuelven, nos seducen; su profundidad de pensamiento y la delicadeza con que traspasa la piel de los personajes nos hacen mas sabios y un poco mas humildes ante la infinitud de la existencia.

James Salter y la búsqueda de la felicidad

domingo, 21 de mayo de 2017

Toda la obra del escritor norteamericano James Salter es, en esencia, una desesperanzada reflexión sobre la felicidad humana. O quizás sería más acertado decir, sobre la infelicidad.

Salter (Nueva York, 1925 - 2015) fue en su juventud piloto de las Fuerzas Aéreas Estadounidenses. Con la publicación de su primera novela, The Hunters, en 1957 abandonó la carrera militar para dedicarse, de manera intermitente, a la escritura.

En dos de sus novelas más populares, Años luz y La última noche, Salter pone el acento una vez más en los aspectos más problemáticos de la condición humana. Sin embargo, la distancia temporal que media entre la escritura de ambas, revela un cambio de actitud del autor respecto a su fe en nuestras posibilidades para acercarnos, en el transcurso de una vida, a la ansiada felicidad. 

En Años luz, publicada en 1975, aun se vislumbra un atisbo de confianza por parte del autor en nuestra capacidad última de elección, de reclamar un espacio en el que vivir donde lo personal y lo colectivo, lo cotidiano y lo sublime, puedan coexistir sin excesivas concesiones ni renuncias a aquello que somos o que creemos estar destinados a ser.  

Sin embargo, no debemos dejarnos engañar por el título del libro: tras sus luminosos pasajes de una claridad, a mi juicio, excesivamente cegadora en ocasiones se revela también su contrapunto en la escala vital: la sensación abrumadora, que experimentan los diferentes personajes en un momento u otro de sus vidas, de indeterminación y de fracaso personal.

Treinta años después de la publicación de esta obra, Salter escribe La última noche, un libro de relatos en los que el denominador común es, de nuevo, la complejidad de las relaciones de pareja, la desorientación vital y las deficiencias morales de sus protagonistas. En esta obra la amargura y la falta de esperanza y de soluciones se incrementa respecto a la anterior.

James Salter tiene una serie de mitos personales que lo dicen todo sobre su escritura. Su visión de la vida como una serie de estratos o sedimentos vitales que, a medida que se superponen y solidifican, dibujan un cuadro completo de nuestra experiencia, lo que fuimos, lo que somos y en qué nos hemos convertido, es uno de ellos. Estratos que es necesario analizar a fondo con meticulosidad si queremos apresar el instante y entender el resultado final, sin perdernos en el desvarió vertiginoso de nuestra existencia.

De ahí la tendencia casi compulsiva en el autor al análisis introspectivo físico y emocional de todo cuanto sienten y les sucede a los personajes a lo largo de sus vidas.

En sus libros Salter es consciente de que la perfección no existe. Sin embargo, a mi juicio, en Años luz el viraje hacia lo luminoso resulta demasiado idealizado. En esta novela, la vida humana, vista en toda su dimensión, adquiere un significado sublime, que nos trasciende y que busca autocompletarse por la vía de la realización personal.

Pero todos sabemos que en la la vida real las cosas no son tan fáciles como se les plantea finalmente a los protagonistas: pese a los esfuerzos por extraer un significado de nuestras experiencias, si algo define a la vida es precisamente su indeterminación y la imposibilidad de cerrar el círculo vital, por muy conscientes o no que seamos de la progresión de nuestros pasos. 

Esta luz se hace opaca en el desenlace final que adquiere la historia, respecto a la lucidez que despliega el autor en La última noche, donde, aquí sí, el lector siente que late la vida en toda su amplitud y donde los momentos reveladores que siguen a los episodios mas dolorosos de la vida de los protagonistas, nunca lo son tanto como para acabar por completo con las incertidumbres; siempre queda la duda, el resquemor de saberse, desde un principio, incompletos para la tarea propuesta.

La escritura de Salter está plagada de cotidianidad, de experiencia real. De ahí el estilo llano, casi coloquial, pero, a la vez, árido y contundente en ocasiones. El autor parece querernos decir que la literatura, su literatura, no se explica desligada de la realidad. Lo que les sucede a los personajes del relato nos atañe también a nosotros los lectores. Porque en definitiva, nadie puede escapar de las lecciones del pasado...

Mi prima Rachel. Daphne du Maurier

sábado, 15 de abril de 2017

Quien piense en las películas Los pájaros o Rebeca, dirigidas por Alfred Hitchcock, recordará el trasfondo inquietante, el terror psicológico, que dan pie a ambas historias y celebrará poder contar con una nueva edición de la obra de Daphne du Maurier, la autora que inspiró ambos films. Bajo el sello de Alba editorial, acaba de ver la luz Mi prima Rachel, otra de las obras más emblemáticas de Maurier.

Daphne du Maurier (1907-1989), nacida en Londres, siempre tuvo clara su vocación por la literatura. Su primera novela la escribió con algo más de 20 años. La fabulosa mansión de la costa de Cornualles, en la que vivió, sirvió de escenario de algunos de sus relatos, entre los que abundan las historias de tipo gótico-romántico y los cuentos de aventura y misterio.

Mi prima Rachel se publicó por primera vez en 1951 y fue adaptada al cine en 1952 a cargo del director Henry Koster, con Richard Burton en el papel de Philip, el protagonista masculino, y la actriz Olivia de Havilland en el papel de Rachel. 

Philip Ashley es un joven que vive en una mansión de Cornualles junto a su tío Ambrose, que se hizo cargo de él cuando quedó huérfano con tan solo tres años. Tras un viaje de Ambrose a Italia para curarse de ciertas dolencias, Philip recibe una carta suya en la que le comunica su matrimonio con Rachel, una prima lejana de ambos con quien se encuentra de forma casual durante su estancia en Florencia. La cosa se complica cuando tras el júbilo de las primeras cartas, el tono de estas se ensombrece y adquiere tintes siniestros que contradicen la inicial felicidad conyugal. Hasta que, finalmente, Philip descubre que su tío ha muerto en una villa de Florencia en extrañas circunstancias. 

Mi prima Rachel es una entretenida novela de misterio que sigue los esquemas habituales de la novela tradicional.

En una conocida entrevista con François Truffaut, Alfred Hitchcock mencionaba la importancia en todo relato de misterio de potenciar el suspense frente a la sorpresa repentina a la hora de conseguir el impacto del público. Maurier sigue en la novela esta misma fórmula. Con el fin de sembrar la duda tanto entre los protagonistas como entre nosotros, los lectores— acerca de las diferentes versiones enfrentadas de la historia, la autora enlaza la visión juvenil e inexperta de Philip, que busca su lugar en el mundo, con la idea de la dificultad del ser humano para percibir la realidad de manera completa y fiable. ¿A qué podemos atenernos cuando la razón nos dice una cosa y nuestro corazón otra? La narración se desarrolla principalmente a dos voces: Philip, que pese a sus sospechas hacia Rachel, no puede evitar sentirse atraído por ella; y Rachel, que parece ocultar más de lo que dice acerca de la muerte de Ambrose. A medida que vamos conociendo más detalles por boca de los protagonistas, la historia, en vez de aclararse, se complica más. 

El principal atractivo del libro es la capacidad para desvelar los detalles más significativos sin incurrir en lo evidente: no hay personajes decididamente ambiciosos o malévolos, todo se mueve dentro de un entorno civilizado e incluso luminoso. Hasta lo monstruoso aparece velado siempre por la ambigüedad, teñido de buen gusto y de inocente felicidad.       

Sin embargo, tras la imagen idílica y fraternal de los habitantes de Cornualles, la historia nos descubre también otro aspecto más crudo del pasado del pueblo: el peso de una severa moralidad, presente en ese principio abrupto con que arranca la novela, que contrasta con esa otra visión posterior, refinada y almibarada, de la vida de la campiña :

"Antiguamente ahorcaban a la gente en Four Turnings. Ahora ya no. Ahora los asesinos cumplen el castigo por su crimen en Bodmin, después de un juicio en Assizes. Es decir, si la ley los condena antes de que los mate su propia conciencia. Es mejor así, como una operación quirúrgica. Y entierran el cadáver como Dios manda, aunque en una tumba sin nombre."

Philip, en su proceso de maduración personal, vive en propia piel la confrontación de dos mentalidades que se contraponen de manera sutil a lo largo de toda la novela. Por un lado, la importancia de respetar la tradición y las convenciones sociales legadas, al igual que el patrimonio familiar, de generación en generación. De otro, la pulsión romántica de quien decide sentirse libre y ajeno a las presiones sociales.

En su mansión Ambrose y Philip viven como en un espacio aparte, donde no hay lugar para las mujeres; tampoco para muchas de las comodidades y las complicaciones que supone la vida doméstica. Por eso, cuando Rachel irrumpe en escena, el choque emocional es aún más fuerte. Para su estrecho mundo, en el que ambos parecen evocar de manera indirecta el mito del buen salvaje al que los ilustrados oponían las corrompidas costumbres de la civilizaciónRachel, con su carácter vital y cosmopolita, representa el elemento civilizado y perturbador.

Maurier domina habilmente el uso del tiempo narrativo, con una trama que se despliega ante el lector de manera pausada y meticulosa. A medida que las visiones del pasado y del presente confluyen, la historia se convierte en una especie de juego de pistas verdaderas y falsas que se precipita hacia el final del relato.

Una novela que disfrutarán especialmente los aficionados a la novela tradicional de corte decimonónico, caracterizadas por sus cuidadas ambientaciones y variadas tramas y subtramas. Por otro lado, es una buena muestra para comprender el éxito que alcanzó Daphne du Maurier entre el público, que la llevó a ser considerada como una de las escritoras inglesas más populares en su época en el género del suspense. 

A contraluz. Rachel Cusk

domingo, 29 de enero de 2017

Con una interesante y consolidada trayectoria literaria en el mundo anglosajón, resulta incomprensible la poca fortuna editorial de Rachel Cusk en nuestro país. Autora de nueve novelas publicadas hasta la fecha, a las que hay que sumar tres libros más de género autobiográfico, en España su obra únicamente alcanzó cierta repercusión con la traducción, hace unos años, de Arlington Park, novela en la que Rachel Cusk explora las convenciones sociales y las frustraciones íntimas de un grupo de mujeres de la alta sociedad americana.

Rachel Cusk nació en Canadá en 1967, aunque en 1974 estableció su residencia en Inglaterra.

Escrita en el 2014, A contraluz es la primera de una trilogía cuya segunda obra que comparte protagonista acaba de ser publicada con el título original de Transit, aunque por el momento aún no ha sido traducida al español.

En A contraluz la autora narra la estancia de una escritora inglesa en Atenas, a donde acude para impartir clases de escritura creativa. Durante el viaje conocerá a diferentes personajes que, sumidos como la protagonista en la crisis de la mediana edad, compartirán con ella sin censuras y desde la distancia que da el paso del tiempo el recuento amargo de su pasado y de sus fracasos personales, de la pérdida y los sueños rotos.

La materia prima con la que Rachel Cusk construye su novela es la de la conversación como disparador de los recuerdos, como biografía sintética de la memoria personal. Mediante una penetrante y sugestiva voz narrativa, los diferentes interlocutores con los que se va cruzando la protagonista se confiesan y le descubren sin pudor sus emociones: las relaciones familiares, el amor, la soledad, las ambiciones truncadas.... en un intento por sacudirse la amargura y continuar adelante pese a las imperfecciones de sus vidas.  

En la novela Rachel Cusk arremete contra un mundo escindido, en el que los individuos se acoplan como pueden a las imposiciones de su entorno y en el que, más importante que el "ser", es el tener y el aparentar.

Independientemente de las distintas experiencias vitales y del camino recorrido, en la vida de todos ellos parece haber un mismo germen de fatalidad que, de una manera u otra, acaba por estallar cuando menos se espera, sin que haya una motivación clara que lo justifique, produciendo la conmoción de los protagonistas y llevándose a su paso todo aquello en que se cree y constituye la estructura de una vida. 

La ambición personal, el individualismo exacerbado, el deseo de reconocimiento o la incomunicación, son algunos de los ingredientes que laten tras las historias de divorcio, quiebras comerciales, amistades traicionadas o malestar vital, que relatan de manera recurrente los distintos personajes.

Pero si de algo parece alertarnos Rachel Cusk con su novela es de la necesidad del hombre contemporáneo de aprender a vivir de otra manera, de recuperar nuestra conciencia crítica frente a las manipulaciones del entorno y, muy especialmente, del actual modelo de sociedad capitalista. Pese a las promesas de bienestar y de realización personal que trajo consigo el siglo XX, este triunfalismo solo ha provocado que vivamos nuestras vidas en un estado de autoengaño y ensimismamiento. 

Tras los reiteradas historias de fracasos que pesan sobre los personajes, hay también una llamada de atención sobre la relatividad de los valores absolutos y la negación de la idea de perfectibilidad del ser humano; un mito occidental que arranca con la cultura de la Ilustración y en cuya falacia Rachel Cusk insiste reiteradamente a lo largo de las páginas de su novela.

En este sentido, la autora no aporta soluciones, pero lo que sí consigue con su libro es hacernos más conscientes del mundo que nos rodea y de la importancia de la cultura compartida como bien común, pese a la distancia física y las barreras emocionales tras las que nos parapetamos: en nuestra relación con los demás se da una influencia recíproca, que actúa sobre nuestras percepciones, juicios y actitudes y determina nuestra identidad personal y los roles que asumimos ante la vida.

Resulta oportuna la elección del país de Grecia geografía esencial de la cultura occidental— , sumido en la actual crisis, como el escenario donde los personajes cobran conciencia de la dimensión de irrealidad que han acabado por adquirir sus vidas. En la novela, el país se convierte en símbolo de la sensación de derrumbe moral de los protagonistas: "un país que vive de rodillas, sumido en una muerte lenta y agónica".

Con su novela Rachel Cusk contradice la idea romántica del escritor venerado y alejado de todo lo humano, que obvia que la vinculación con la realidad y la inmersión en las complejidades de la vida son parte importante del oficio de escribir, más allá del mero placer estético. O al menos, del tipo de escritor con el que se identifica Rachel Cusk en sus libros: las inseguridades personales, los problemas económicos, los traspiés editoriales... aparecen también en la historia a través de las vivencias de su protagonista y de algunos otros autores y periodistas con los que entabla conversación. 

Mediante una sugerente combinación de episodios y detalles reveladores, cada una de las historias narradas susceptibles, algunas de ellas, de generar por sí solas una novela aparte contribuye al resultado final.

A contraluz es un libro impactante por la lucidez que despliega Rachel Cusk a la hora de ahondar en las interioridades del ser humano y por el dominio con que traza personajes y situaciones. Una lectura muy recomendable por parte de una extraordinaria creadora de ficciones contemporáneas.

La utilidad de lo inútil. Nuccio Ordine

jueves, 12 de enero de 2017

No es un mal de ahora. Ya en el siglo V a. de C. Sócrates se esforzó hasta los últimos instantes de su vida en alertar a sus coetáneos contra el afán de populismo esa palabra tan de moda hoy día por parte de quienes, ostentando el poder y haciendo uso de una calculada retórica, pervierten el interés del estado y de la ciudadanía en aras de su propio beneficio. 

El filósofo griego contraponía a la tiranía del poder y a la codicia de los políticos, el valor intrínseco del conocimiento, de lo aparentemente inútil y de lo bello; la capacidad de razonar y la búsqueda de la verdad como fines en sí mismos.

Cuenta Nuccio Ordine en su libro que mientras Sócrates aguardaba el momento en que ingeriría la cicuta que lo llevaría a la muerte, practicaba repetidamente una melodía con la flauta. Frente a la pregunta de para qué le serviría algo así ante el inevitable desenlace, el filósofo contestaba: "para saber esta melodía antes de morir".

Este mismo anhelo de reivindicar los saberes humanísticos y científicos, considerados socialmente como superfluos, es el que ha llevado al profesor universitario y editor italiano, Nuccio Ordine, a combatir con la palabra la tendencia actual promovida desde las propias instituciones a equiparar lo útil con aquellas actividades capaces de generar beneficios económicos a corto plazo. 

Una escala de prioridades que ha acabado por juzgar la cultura como un interés secundario y que está provocando en la práctica totalidad de los países europeos afirma Ordine el progresivo empobrecimiento intelectual de la sociedad y la asfixia económica cuando no la inevitable clausura de los centros desde los que se promueve y pone en circulación la cultura de un país.

La merma de fondos públicos en las partidas presupuestarias destinadas a la educación y a la investigación; los riesgos de un sistema educativo regido por la lógica empresarial, con la consiguiente devaluación de la calidad de la enseñanza; y el cierre de librerías emblemáticas, de bibliotecas históricas y de archivos de valor incalculable, son síntomas recurrentes del afán que late tras lo que el autor denomina como democracias comerciales.

El ímpetu combativo con que Ordini da forma a su reivindicación, a la que él mismo califica de manifiesto, impregna el primer capítulo del libro, donde el autor recoge las reflexiones de un amplio número de filósofos y escritores Aristóteles, Sócrates, Dante, Petrarca, Giordano Bruno, Shakespeare, Dickens, Baudelaire, o Heidegger, entre otros que desde la antigüedad hasta nuestros días han venido alertando en sus textos acerca del valor intangible, pero esencial para la humanidad, del arte y la cultura, de su fin ajeno a todo utilitarismo, y de la conveniencia de mantenerlos alejados de la esfera de lo económico.

El resultado es un ataque frontal por parte de Ordine al modelo occidental capitalista que, en nombre del progreso y del bien común, pero más atento a un interés económico y a cuadrar resultados cuantificables, que a una verdadera aspiración a incentivar el saber, amenaza con degradar la práctica cultural.

Por otro lado, en su libro, Ordine no solo defiende el afán de conocimiento por sí mismo algo que nuestros predecesores tenían muy claro sino que nos da un buen número de razones por las que vale la pena preservar el patrimonio cultural: 

... Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a seguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad...

La utilidad de lo inútil es un ensayo lúcido y ameno, de conveniente lectura en el momento actual de crisis económica. Una advertencia a los gobiernos sobre la necesidad de invertir en fomentar, desde las diferentes instituciones culturales y educativas, la imaginación, la curiosidad y el pensamiento crítico de sus ciudadanos. Algo que, aunque no genere beneficios económicos tangibles e inmediatos, es fundamental para la formación individual y el futuro de nuestra sociedad.

Tan importante es la preservación del patrimonio cultural para las naciones democráticas que, como reflexiona Nuccio Ordine en su libro, la historia del saber encierra una curiosa paradoja:

Cuando prevalece la barbarie, el fanatismo se ensaña no solo con los seres humanos sino también con las bibliotecas y las obras de arte, con los monumentos y las grandes obras maestras. La furia destructiva se abate sobre las cosas consideradas inútiles... silenciosas e inofensivas, pero percibidas como un peligro por el simple hecho de existir...

Domingos de agosto. Patrick Modiano

lunes, 26 de diciembre de 2016

Vivir es obstinarse en consumar un recuerdo. René Char

Esta cita, a la que Patrick Modiano alude en su relato autobiográfico, Pedigrí, sintetiza el anhelo que impulsa gran parte de su obra.

Por un lado, sus novelas más personales y comprometidas, en las que el autor busca romper el tabú existente entorno a un capítulo clave de la historia reciente de su país: la ocupación de Paris —su ciudad natal— y, más concretamente, el colaboracionismo de parte de la sociedad francesa con el invasor alemán; una época que lo perturba profundamente y que tendrá un peso definitivo, casi obsesivo, en toda su obra.

Y por otro, el resto de sus novelas, aquellas en las que el autor se aleja de la autoficción y se desplaza hacia un mundo narrativo mas abierto e imaginativo, pero siempre teñido por la nostalgia, la búsqueda de la propia identidad y la necesidad de reconstruir la memoria del pasado.

Patrick Modiano es un artista de las palabras pero también de los silencios, de lo innombrable, de lo que sacude la conciencia y algunos prefieren eludir y abocar al olvido.

Un autor valiente que no teme sumergirse todas las veces que sean necesarias en la neblina de una época confusa a la que siente pertenecer pero que —según él mismo explica— es como un pez resbaladizo, que parece escapársele de las manos con cada nuevo libro que escribe.

Con más de 40 títulos publicados, el autor francés ha obtenido diversos reconocimientos a lo largo de su carrera: el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa (1972), el Premio Goncourt (1978) y el Premio Nobel de Literatura (2014), entre otros.

En Domingos de agosto, escrita en 1986, Modiano nos seduce una vez más con una atractiva trama de amor difuminada en un halo de misterio. 

La historia arranca en las calles de Niza, donde el encuentro casual entre Jean y un antiguo conocido —Villecourt— que trabaja como vendedor ambulante de abrigos de piel, les trae a la memoria un pasado en común y el recuerdo de una mujer, Sylvia, con quien ambos mantuvieron una estrecha relación.

Este será el detonante que pondrá en marcha el relato amargo y doloroso de Jean acerca de su pasión por Sylvia y de la posterior huida de ambos a Niza. Nada más sabremos por el momento de ellos ni del motivo de su huida, excepto que se conocieron en Paris, siendo él fotógrafo, y que ella lleva consigo un valioso brillante llamado La cruz del Sur, una reliquia que se remonta al siglo XVIII.

Jean continúa narrando la estancia de ambos en Niza, donde los días transcurren para la pareja como en sordina, intentando pasar desapercibida entre el trasiego diario de la vida urbana y al amparo de cafés iluminados débilmente al anochecer.

Es invierno, la lluvia cae incesante sobre la ciudad, produciendo una atmósfera de melancolía e irrealidad que impregna los paseos y terrazas. Hombres y mujeres sentados como ellos en los cafés, en las mesas próximas, observan en silencio las figuras que desfilan por los bulevares. Todos comparten una misma expresión de desarraigo. Son, en su mayoría, refugiados procedentes de orígenes diversos, individuos varados en una ciudad fantasmal y decadente. 

Jean y Sylvia sueñan con el momento propicio en que tenga lugar el acontecimiento que les permita poner fin a su estancia allí y empezar de cero en un lugar desconocido.

Como ya es habitual en sus novelas, Modiano construye la imagen de lo narrado a modo de barrido cinematográfico, en el que tan importante es la composición de los diferentes planos, como su encadenamiento. La mirada va transitando de una escena a otra, deteniéndose en revelar las expresiones de los personajes, sus reacciones, sus gestos, el movimiento que marca un cambio de tempo, los contrastes que produce el paso de la luz a la oscuridad.

Un día Jean y Sylvia conocen a los Neal, una atractiva pareja de orígenes aristocráticos con quienes entablan amistad. Los Neal, que dicen residir en una antigua villa propiedad de la Embajada de los Estados Unidos y que parecen tener una fortuna considerable, se muestran interesados en adquirir La Cruz del Sur.

La relación con los Neal provoca un vuelco en la historia, disparando la acción e infundiendo al relato un nuevo ritmo. A la luz del giro que adquieren los acontecimientos, todas las piezas del enigma comienzan a encajar y a cobrar sentido para el lector.

Ante el malestar que desata la conciencia del pasado, Jean vuelve en su narración al momento presente. El paisaje urbano refleja los cambios acaecidos sobre los barrios y edificios emblemáticos de la ciudad, produciendo un efecto cercano a lo onírico: el casino, el antiguo Hotel Majestic, fachadas destartaladas, antiguas salas de cine con terciopelos rojos. Imágenes del paso del tiempo y del sentimiento de soledad y de derrumbe personal que abate al protagonista.

Toda la novela es un intento por apresar un tiempo del que ya no quedan más vestigios que el recuerdo de una pérdida. Un relato pesimista, que gira entorno a la necesidad de construir la propia existencia en base a los recuerdos y de encontrar un sentido a la vida; la vida no tiene ningún sentido, más allá de las mentiras que nosotros mismos nos contamos para ser felices, parece decirnos el protagonista.

En esta novela están presentes muchos de los temas habituales en la narrativa de Modiano.

Historias que arrancan a partir de personajes que persiguen obsesivamente un recuerdo, acorralados por algo que ignoramos; que buscan las huellas de alguien, que se acechan mutuamente en un juego de pistas detectivesco.

La recreación de atmósferas que van atrapando gradualmente al lector de manera hipnótica. La sensación de fugacidad. El trasfondo urbano —angostas habitaciones de hotel con olor a moho, los cines de barrio, los bulevares débilmente iluminados, los cafés. El deambular furtivamente por los rincones de la ciudad, como reflejo del desasosiego interior que consume a los protagonistas.

Y dando forma a todo ello, el estilo elegante, conciso, que oculta a la vez que revela, atento a cada detalle significativo capaz de aportar información.

Domingos de agosto es una obra inteligente, sólida, muy bien articulada, en la que todas las piezas están ensambladas de forma precisa, consiguiendo la armonía final. 

Una lectura de altura, pese a su brevedad, que sin duda recomiendo a quienes se inicien en el universo imaginario de Patrick Modiano pero que, así mismo, colmará las expectativas de sus lectores ya habituales que no la hayan leído aún.

Crimen y castigo. Fiódor Dostoievski

jueves, 8 de diciembre de 2016

A la edad de 18 años, un joven Dostoievski escribía en una carta dirigida a su hermano:

“El hombre es un misterio. Un misterio que es necesario esclarecer.... yo estudio este misterio porque quiero ser un hombre”.
Toda la obra de Dostoievski (1821-1881) parece concebida con este propósito: explorar el alma humana y poner al descubierto, sin rodeos ni filtros, las complejidades de nuestra existencia, haciendo de las grandezas y miserias del hombre el tema alrededor del cual giran la mayoría de sus novelas.

Nacido en Moscú durante la Rusia zarista, su propia vida debió ser un terreno fértil a la hora de proveerse de material literario con que elaborar sus textos y abordar el conocimiento del ser humano: la asfixiante educación a cargo de un padre tiránico y violento, de quien se dice que murió asesinado por sus propios siervos debido a sus muchos excesos; su vinculación con grupos afines al socialismo utópico, que le valió un simulacro de fusilamiento por orden del zar Nicolás I y cuatro años de trabajos forzados en Siberia; una ludopatía que acabaría sumiéndolo reiteradamente en la ruina y con él, a algunas de las mujeres con quien se relacionó más estrechamente; la muerte de su mujer; viajes por Europa junto a su amante...

Dostoievski fue un hombre atormentado y contradictorio, que sufría de ataques epilépticos recurrentes, dividido entre su inclinación por lo pasional y desmedido y su fe ilimitada en la ortodoxia cristiana.

El interés y la fascinación que siguen suscitando sus novelas a día de hoy reflejan el calibre artístico y la capacidad del autor para iluminar con su prosa los pasajes más oscuros de nuestra conciencia.

Dostoievski nos dejó una obra extensa y compleja, heredera de un romanticismo tardío pero que, no obstante, prefigura ya la nueva conciencia del hombre extraviado de la modernidad.

Crimen y castigo es, en este sentido, una de sus novelas más emblemáticas. La historia transcurre en San Petersburgo. El dato es importante, pues la ciudad se convierte en el espacio exterior en que se proyectan las batallas interiores de sus protagonistas: oscuros cuchitriles de atmósferas sofocantes, tabernas subterráneas y callejuelas abyectas, atestadas por un tumulto de personajes variopintos extraídos de las capas más bajas de la sociedad, constituyen el paisaje a través del cual el personaje central, el estudiante Raskólnikov, se evade en los momentos de máxima tensión interior, en un intento por huir de los demonios del subconsciente.

Sustentada bajo una entretenida trama policial, la novela narra la historia del crimen cometido por Raskólnikov contra una vieja usurera, con el objetivo de hacerse con su dinero y poder continuar sus estudios de derecho  que se ha visto obligado a abandonar por falta de recursos y de hacer frente a las necesidades económicas de su madre y de su hermana, la cual está dispuesta a casarse con un hombre sin escrúpulos con tal de salir de la pobreza.

Raskólnikov, quien tiene mucho de la rebeldía apasionada del héroe romántico, es en esencia un hombre franco y noble, como cualquier otro, que sin embargo dice no sentir remordimiento por sus actos. Tampoco hace ningún uso de lo robado, con lo cual, el motivo del crimen queda desdibujado.

De hecho, en los momentos previos al asesinato, en los que medita acerca de cómo llevar a cabo su plan, el protagonista parece actuar bajo una especie de confusión mental que lo hace no ser totalmente consciente de la gravedad del acto que está a punto de cometer. Una actitud que nos recuerda a otro conocido nihilista-asesino de la historia de la literatura posterior: Marsault, el personaje que creó Albert Camus en El extranjero, y que, sin saber muy bien por qué, levanta su arma contra el árabe en aquella playa bajo los efectos de un sol cegador.

¿Qué motivaciones tenía realmente Raskólnikov para asesinar? nos preguntamos.

El protagonista parece actuar bajo la influencia de ciertas ideas que circulaban por entonces por Europa. Partiendo de las teorías sobre la supremacía del hombre, de Nietzsche, Raskólnikov divide a los seres humanos en dos tipos de personas: los ordinarios la gran mayoría y los extraordinarios léase Napoleón y demás figuras de la historia política y militar aquellos que mueven el mundo y lo llevan a sus objetivos, a los que se les otorga el derecho a matar en aras de la mayor utilidad y que incluso son vanagloriados por ello. Raskólnikov, quiere demostrarse a si mismo que es uno de esos hombres extraordinarios capaces de matar:
.. necesitaba saber, y lo antes posible, si era yo un piojo como los demás o era una persona. Si sería capaz de trasponer el límite o no sería capaz. Si tendría la osadía de agacharme para recoger el poder o si no la tendría.
Dostoievski deja hablar a los protagonistas, sin juzgarlos ni inmiscuirse en sus extensos monólogos en los que éstos se confiesan, se justifican y expresan sus convicciones, dejando que sean ellos mismos quienes caigan, más adelante, en sus propias trampas mentales.

La gran prueba que tendrá que afrontar Raskolnikov será asumir que su crimen, lejos de ser un acto extraordinario, no es más que un vulgar y mediocre asesinato. Y que, como decía Jung, "la negación de las propias emociones no libera, sino que oprime". El sentimiento de culpa roe la conciencia de Raskólnikov y acaba por paralizar al protagonista, que sucumbe a la sinrazón y a la enfermedad, a un tormento autoinflingido que lo convierte en un ser huidizo y neurótico, en constante estado de alerta ante los demás.

A medida que avanza la narración, la tensión aumenta, el ritmo se precipita y los hechos que rodean al crimen se van ensamblando de manera vertiginosa, produciendo en el lector un efecto imparable y asfixiante.

Más allá de la intriga que encierra la trama, la novela supone una reflexión sobre el valor de la vida, sobre el origen del mal y su banalización. Dostoievski se alza contra el derrumbe de los valores morales, contra un mundo alienado en el que el hombre ha sustituido su fe en lo sagrado por una racionalidad utilitaria y egoísta, capaz de justificar los actos más execrables en aras de conseguir los propios intereses. "Si no existe Dios, entonces todo está permitido", como diría el autor en otra de sus grandes obras, Los hermanos Karamazov.

Crimen y castigo es una novela apasionante, que agradará a los lectores amantes del género clásico pero también a aquellos capaces de sumergirse en el universo convulso de Dostoievski a cambio de una impactante historia sobre la condición humana .